GRACIAS POR MORIR

      En una ciudad pequeña, donde los días se deslizan entre el humo del cigarrillo y el aroma agrio del vino barato, un escritor olvidado sobrevive vendiendo sus libros en plazas y estaciones. Su nombre alguna vez significó algo, pero ahora apenas es un eco que resuena en las paredes sucias de su casa y en las mesas gastadas de un bar llamado, “El Portón del infierno”. Entre botellas, poemas improvisados y el peso de un pasado que se niega a morir, arrastra una vida que oscila entre la miseria y la obstinación.
      Su historia cambia el día en que Alejandra Benítez, la mujer que le arrebató el corazón y lo condenó a un rencor eterno, regresa convertida en una figura pública admirada. El reencuentro reabre heridas que nunca cicatrizaron y despierta un huracán de emociones contradictorias: amor, odio, envidia y un deseo inconfesable de borrarla de su vida para siempre.
      Entre ambos se teje un duelo silencioso. Él, aferrado a su orgullo y a la amargura que lo sostiene; ella, desbordante de éxito y carisma, decidida a arrastrarlo a un evento que revive los fantasmas que lo atormentan. Pero el escritor guarda secretos capaces de incendiar más que recuerdos, y una noche de impulsos desatará un hecho que marcará para siempre a la ciudad.
      Gracias por Morir es un viaje a las entrañas del resentimiento, donde el amor se contamina con el rencor y cada gesto puede ser una confesión o una amenaza. Una novela que desnuda las miserias humanas con una voz cruda, irónica y dolorosamente real, dejando al lector la incómoda pregunta: ¿Cuánto estarías dispuesto a destruir por callar al pasado?

      • Novela que rompe los convencionalismos del romance
      • Drama y acción en cada escena
      • Obsesión mórbida
      • Distorsión de la realidad
      • Final inesperado

      La espalda le dolía con justa causa: tanto tiempo en la misma posición y el colchón duro habían hecho un trabajo excepcional maltratando cada centímetro de su cuerpo. Aún resentido, se forzó a ponerse en pie en busca de comodidad. Levantó uno de los sillones, lo colocó frente a la ventana, regresó por la cobija e intentó conciliar el sueño al son del viento que golpeaba los pestillos rotos. Lo consiguió con facilidad, pero con el rocío matutino decidió postergar el día de trabajo. Su movilidad reducida aplacó también su estado de ánimo; a duras penas se trasladaría para hacer sus necesidades fisiológicas y, por lo demás, pasaría el día echado, pidiendo domicilios baratos. El tobillo hinchado no le daba tregua. La coloración parduzca que había tomado no solo resultaba molesta de ver, sino que, con el esfuerzo de haber volteado el sillón, incrementó el dolor. Se tomó el resto de las pastillas de golpe, con la esperanza de morirse de una sobredosis o sanarse del todo. No quería puntos intermedios en la vida. Los pocos centavos en sus bolsillos no alcanzaban para encargar algún alimento decente. Sin otra opción, a las cuatro de la tarde salió en busca de algo con qué engañar al estómago. Se amarró una media en el tobillo, pero pronto descubrió la estupidez de su acción. Las costillas probablemente fracturadas no lo dejaban respirar bien, mientras la cojera lo doblegaba con cada paso. Necesitaba ayuda hospitalaria, pero su orgullo bloqueaba la lucidez y el sentido común. Nueve mil pesos lo acompañaban: lo suficiente para un café con pan, aunque insuficiente para saciar el hambre. Hizo un balance de lo mal que comía desde la llegada de Alejandra Benítez y no tuvo reparo en culparla también por ello. Por fortuna, la cafetería más cercana estaba a escasos cincuenta metros. Al llegar, la fila rodeaba casi por completo la cuadra, cosa que lo irritó. Pudo haber recurrido a la compasión de los enfilados: ninguno habría puesto objeción, en parte por su aspecto lastimero, pero su orgullo desmesurado prevaleció.

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